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AMANSAR LA LENGUA DE LOS…

La Era de la información es la época más lenguaraz de la historia, no sólo porque multiplicamos las palabras con los medios audiovisuales, las tecnologías de Internet, nuevas formas de hacer radio, la publicación de libros, sino también porque a pocos les gusta escuchar. Nadie quiere ser el receptor. Es una sociedad sorda. Una sociedad que no es consciente de la fuerza del verbo.

Lo que está claro es que la palabra es hálito y el hálito es la respiración y la respiración es la vida. Según culturas, como la antigua árabe, en la palabra misma hay un <> y el conjunto de palabras representa una suma de <> o espíritus vitales que salen de una persona hacia los demás, con todos los condicionantes y todo el contenido vivo que le son propios. [1]

Si algo decimos, lo hacemos por revelación del corazón. Según la Biblia: «De la abundancia del corazón habla la boca». Algunos psicólogos consideran que se ha comenzado descubrir que el corazón, antes o después, hace expresarse a la lengua.

Con acierto decía Sócrates: «Habla para que te vea». Cuando un médico del Servicio Canario de Salud quiere comprobar el estado de un paciente, le hace sacar la lengua. Así como este miembro registra la condición física, también registra el estado moral. Si hay una rata en el sótano, ¿no dejará de hacerse sentir en todos los cuartos de la casa? Si hay en el corazón envidia, odio, maldad y resentimiento, pronto lo exteriorizará la lengua. ¡Es cierto! Lo he experimentado en carne propia, con aquellos que en un pasado decían ser mis amigos.

La ciencia nos dice que las vibraciones de la palabra persisten a través de los siglos. Algunos han hablado de captar en el universo las grandes voces del pasado, incluso la palabra del Señor. La palabra hablada es como la flecha que se dispara. No se puede seguir su trayectoria, pero sus responsabilidades duran siempre. [2] Su efecto puede ser devastador.

Una buena analogía es la situación de los alpinistas, que se toman muchas molestias en explicarles a los viajeros que, en ciertos lugares, no deben elevar el tono de voz para que las vibraciones de la palabra no desencadenen un alud. La palabra pronta, ligera o el cuchicheo socarrón y malicioso han provocado en la historia grandes y frecuentes crisis que han sumido en la miseria a millares de seres.

A través de la historia, aunque con cierto desacierto de quién y el castigo, la ley ha reconocido los peligros de una lengua desatada. En tiempos más remotos, en China, el que una mujer fuese demasiado charlatana se consideraba suficiente para repudiarla. Manú [3], el legislador hindú, escribió: “Todo lugar reservado para el asesino de un sacerdote, de una mujer o de un niño debe reservarse también para quien levante falso testimonio”. Por otro lado, Augusto César dispuso que fuera condenado a muerte el autor de toda difamación.

El primero en estudiar con rigurosidad el arte oratorio fue Aristóteles, sin embargo, muy pocos han pensado en la moral del discurso. Como similitud, utilizaré el siguiente ejemplo, un médico de urgencia de contrato parcial, quizás hasta poco diestro puede matar un cuerpo, pero quien usa la palabra impresa para matar un alma, aquel que priva a una persona, sea quien sea, de un solo grano de la verdad o introduce en ella un sólo germen de duda, de mal, debe ser considerado culpable del mayor de los delitos pues el daño causado por éste, aunque no es físico (tangible), causa gran deterioro o menoscabo del afectado.

Así como Cristo es la palabra encarnada, toda palabra que se pronuncia es el pensamiento encarnado. Es pensamiento materializado. Aunque algunos escuelas “esotéricas” argumenten y probablemente con alguna razón, que “Si el verbo (la palabra, la herramienta, el fiat-lux) fue lo primero; es dramáticamente forzoso que el silencio haya sido antes; y es filosóficamente probable que él haya sido protagonista primo, en el drama creacional. Sin embargo, pienso que en ese silencio realmente está el pensamiento. De ahí, que la consciencia expresa, crea, materializa cuando habla. Encarna la palabra.

En ésta línea, como dice Hawthorne [4]: «Nada es más difícil de predecir que las consecuencias latentes en las palabras que se pronuncian». Y es que, una palabra amable puede alentar el corazón desanimado de un amigo o un particular en un momento decisivo de su vida, mientras que una palabra cruel puede abrir, para los que nos rodean, el camino hacia el sepulcro. ¡Qué trágico! No creo que sea funesto, sino que la palabra tiene un peso que algunos todavía no sabemos medir. Por otro lado, en esta sociedad, cada vez hay menos dispuestos a hacer una pausa en su endemoniada carrera hacia la cúspide para levantar el ánimo del prójimo.

Una gran tragedia de ésta sociedad es que mucha gente es odiada en la forma más enérgica de todas. Parece ser que se ha convertido en un deporte nacional, el destruir a la gente. En vez de tratar de ver lo peor en la gente, más felices seríamos si procuráramos buscar en ellos siquiera un solo punto bueno, esa chispa que alumbra al alma. Es difícil. Quizás un gran desafío. No obstante, es posible. Esto no significa que no denunciemos las grandes injusticias de la sociedad o que olvidemos los abusos de algunos hacia la masa. Sin embargo, no debemos dejarnos arrastrar al légamo de los dimes y dirétes estériles que copan los discursos políticos y sociales.

Hace unos años, varios amigos hablaban de un compañero recién muerto y que en honor a la verdad, tenía de bueno muy poco. Uno, buscando en el fondo de sus recuerdos algo favorable al difunto, dijo elogiándole: «Digan lo que quieran, pero hacia unas paellas de muerte». En todo hay algo bueno si lo destilamos adecuadamente.

¿Por qué no somos capaces de cambiar la actitud? ¿Por qué no podemos ver las cosas desde una perspectiva positiva? Tal vez, por que es muy fácil juzgar al de al lado. Es muy fácil calcular la suma de los defectos ajenos. Sin embargo, muy pocos comprenden que en el proceso de ese juicio, se revela el verdadero carácter propio de quien juzga.

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