LAPIERRE CONTINÚA SU LABOR CON LOS NIÑOS DISCAPACITADOS EN LA INDIA
En el paisaje de marismas y trópico rural encerrado entre la histórica ciudad india de Calcuta y la bahía de Bengala, se extiende una red de organizaciones que ha apostado especialmente por el cuidado de los niños discapacitados.
“Mira este niño. Antes sólo podía gatear y ahora camina. ¡Lo ha conseguido!”, dice el escritor francés Dominique Lapierre mientras ayuda a caminar a una criatura de apenas diez años.
En el Asha Bhavan Centre (ABC, ‘centro de la esperanza’), situado en el pequeño poblado bengalí de Mathrurapur, en el litoral oriental de la India, se alojan unos 250 menores como éste, que sufren discapacidades físicas o mentales. Tablas con la fecha de entrada y los diagnósticos de los pacientes, prótesis de todo tipo y artilugios para corregir los defectos corporales convierten al ABC en uno de los complejos humanitarios mejor preparados de la zona.
Este centro fundado por Lapierre, autor del best seller ‘La ciudad de la alegría’, en el que retrata el ansia de vivir de los bengalíes a pesar de la pobreza, constituye un buen ejemplo del dilema entre proyectos costosos para ayudar a los más desfavorecidos o centros que con menos recursos pueden abarcar un mayor espectro de necesitados.
“Se necesita a un profesional para cada dos niños” discapacitados, confiesa Lapierre, que se encuentra de visita en el estado indio de Bengala para supervisar los proyectos humanitarios que tiene en marcha.
Mensaje de coraje
El ‘rickshaw’ que da la bienvenida al complejo, símbolo literario de su libro ambientado en Calcuta, junto a detalles como un póster de Audrey Hepburn o fotografías de sus familiares y amigos dan al centro el sello inconfundible y autorreferencial de Lapierre.
“Habéis enseñado al mundo que con coraje, amor y esperanza podéis ser más fuertes que vuestras discapacidades. Tenéis un mensaje de coraje para todos los niños del mundo”, proclama el filántropo galo ante decenas de sus pequeños pacientes.
Los niños se alzan entonces y hacen gala de las habilidades que han adquirido en el ABC: ensayan danzas bengalíes a pesar de tener malformaciones en los pies o prótesis en las piernas.
Lento proceso de recuperación
También el filántropo suizo Gaston Dayanand, que consiguió la nacionalidad india tras años estrellándose contra el muro de la burocracia, gestiona varios centros en la región bajo el auspicio de la Asociación de Hermanos Unidos. Su barba canosa y el vestido blanco tradicional indio que porta le confieren un aire de santo que ratifica con sus palabras. “Educamos a todos los niños, cristianos, musulmanes e hindúes, para que no caigan en el fundamentalismo”, explica Dayanand, que en uno de sus centros tiene a 71 niñas con discapacidad.
Algunas iniciativas incluyen la creación de centros vocacionales para niños, programas de educación para que los alumnos puedan cuidar de los menores con problemas físicos o mentales y, sobre todo, la construcción de pequeños ‘poblados’ en los que la comunidad infantil convive con el particular ecosistema del litoral bengalí.
Casi todos los pacientes pasan por un lento proceso de recuperación después de que enfermedades como el polio y la malaria afecten a sus cuerpos o tras sufrir un daño cerebral irreversible a causa de la malnutrición, aunque muchos casos evolucionan favorablemente.
En una sala del ‘centro de la esperanza’, un visitante se acerca a un niño y le pregunta en bengalí: “¿Cómo estás?”.
El pequeño parece desconcertado y no responde, por lo que una de las comadronas advierte al extranjero de que el niño es sordomudo. Tras unos segundos vacilantes, sus minúsculos labios tiemblan y dibujan dos palabras sin sonido: “Bhalo achi (Estoy bien)”.
TecnoSord
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