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Mis mejores profesores fueron mis alumnos sordos

El cardenal Amigo repasa sus años como estudiante y docente, confesando que Sevilla es la ciudad donde ha logrado rematar su educación como adulto. La hora del balance en una tarde fría. La hora de los reconocimientos. Y hasta la hora de la emoción. El cardenal Amigo recordó ayer a sus viejos profesores, evocó su etapa de estudiante en Roma y admitió que Sevilla es la ciudad donde ha rematado su educación como adulto. Su intervención en la tarde de ayer en la Fundación Ecoem para abordar la memoria y la vigencia de la educación estuvo marcada por una ambiente de final de un pontificado que supera ya los veintisiete años. Con el rostro y el tono alegres, como corresponde a un franciscano, monseñor Amigo, criado en una familia de nueve hermanos, repasó todos los colegios donde ha estudiado y todas las personas que han intervenido en una educación cuyo eje ha sido muy claro: “La norma que me han enseñado y que he seguido siempre por encima de todo es la de valorar a las personas. Lo importante son las personas. No importa ni el color de las caras, ni los sentimientos, ni el color político. Tan sólo la persona en sí”.

El lugar de mayor valor emocional es Medina de Rioseco: “Es el pueblo donde nací y el pueblo que vive en mí. Y fíjense ustedes que he estado en sitios… Mi recuerdo más lejano es el de una guardería infantil, que tenía mucho de infantil y poco de guardería”. Monseñor Amigo confesó que en su etapa infantil disfrutó de una gran diversidad de amistades: “Mis amigos eran los gitanos del asentamiento, los hijos de los obreros del campo… Cuando llegué a Sevilla hubo quien se sorprendió de que frecuentara los barrios y de que visitara a los gitanos. ¡Pero si son mi gente! ¡La gente con la que siempre me he encontrado muy a gusto! En un pueblo como el mío, aprendí lisa y llanamente a convivir”.

Los años posteriores a la Guerra Civil fueron claves en la educación del prelado hispalense: “El tiempo de posguerra nos enseñó a convivir y a compartir, algo tuvo de bueno en ese sentido. Tuvimos que criarnos sin caprichos”. Uno de sus primeros maestros sigue centrando sus recuerdos: “Don Mariano se preocupaba siempre de que sus alumnos pronunciaran bien las palabras. Era un hombre casi de viñeta de Mingote, de sombrero negro, de pantalones negros y de chaqueta negra”.

Su padre, médico rural que curaba a los enfermos sentándose en la cama con ellos para charlar mientras fumaba un pitillo, le dio una enseñanza para toda la vida: “Hay que saber de todo”. Con los años, le dio otra -más profunda- con motivo de su ordenación episcopal: “Está muy bien que te nombren obispo de Tánger, pero lo que a mí me gusta es que seas bueno con todos”.

El colegio que influyó más en el purpurado fue el de San Vicente de Paúl, de las Hijas de la Caridad: “Allí me enseñaron el afecto y la bondad. Me marcó muchísimo una religiosa andaluza, de la que a los niños nos llamaba la atención su acento. Ella nos enseñaba con gran dulzura el amor por las cosas pequeñas, el amor por las flores y por la limpieza tanto en el vestido como en la palabra. Y cuando me vine para Andalucía, curiosamente, me di cuenta de que a un andaluz le causa más daño una palabra lesiva que una acción torpe”.

Monseñor Amigo comenzó sus estudios de Medicina, pero al poco fue consciente de que su verdadera vocación no pasaba por la bata blanca. “Siempre había pensado en mis años anteriores de estudiante que el latín era cosa de curas. ¡Anda que no me he arrepentido de eso después!” Y la visita de unos franciscanos a su pueblo fue decisiva en la forja de su vocación. Del convento gallego a la Roma de 1960, donde fue testigo directo de mítines del Partido Comunista. Y de la ciudad eterna a Madrid, donde fue asignado como profesor en un centro de educación especial: “Me encargaron enseñarle Filosofía a unos chicos sordomudos. Ahora me doy cuenta de que ellos, que eran mis alumnos, han sido los mejores profesores de mi vida. A los dos días me resultaba imposible enseñarles. Si la Filosofía es dura de por sí, imagínense lo que supone enseñársela a un sordomudo y, además, sin ayuda de ningún soporte manual… El director del centro me dio la clave al insistirme en que les mirara a los ojos. Y así comencé a hacerlo. Ellos me dieron una lección inolvidable, que no es otra que en la educación lo importante es el discípulo, adivinar sus gestos y sentimientos. Con ellos acabé yendo al fútbol, al estadio del Atlético de Madrid”.

Casi a punto de cumplir los 75 años y presentar la renuncia formal como arzobispo de Sevilla, monseñor Amigo tiene varias conclusiones claras, de las que la última la formuló ayer con emoción evidente en el rostro: “La educación no es lo que yo he hecho, sino lo que muchas personas han hecho por mí. Medina de Rioseco no es simplemente un pueblo, son las personas que viven en mí. Y un día, cuando tenga que hablar de mi educación de adulto, diré que la ciudad donde la he rematado es Sevilla”.


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