Un equipo de sordos vence a sus rivales… y a los estereotipos

El Silent Warriors, formado por sordos, no es un gran club de fútbol americano, pero sus jugadores afirman que esa experiencia compartida causa “una especie de fraternidad”.
Pueden subestimar si quieren a la Alabama School for the Deaf (ASD). Ellos lo prefieren. No sabrá lo que le ha derrotado hasta que se encuentre boca abajo, en el césped, respirando los efluvios de la hierba fresca y suelo de Alabama, mientras mira el marcador final, que pone de relieve su error de apreciación. ASD, conocido como “casa de los campeones†y ganador de cuatro tÃtulos nacionales de fútbol contra equipos conocidos y menos conocidos, es uno de los 30 colegios de sordos de Estados Unidos que juegan con equipos de fútbol. El equipo está listo para competir. Su campus se encuentra en el centro de la ciudad de Talladega, Alabama, una ciudad conocida por su circuito de carreras. Pero está influida por la presencia del instituto de sordos y ciegos, de 150 años de antigüedad, del que ASD forma parte.
El instituto naciól como una escuela para sordos y se amplió para admitir a estudiantes ciegos o con dificultades de visión. Los restaurantes locales ofrecen menús en Braille. Las iglesias y las empresas tienen intérpretes del lenguaje de sordos. El departamento de bomberos cuenta con alarmas de incendio estroboscópicas. Todo en Talladega y en el AIDB está dirigido a ayudar a que sus residentes vivan con independencia.
Pero el viernes por la noche, en un estado en el que hay dos religiones, fútbol y fútbol, sólo hay un juego en la ciudad: el partido semanal de ASD. Todas las semanas los hinchas acuden al estadio para ver a los Silent Warriors jugar su partido y demostrar algo de lo que se oye hablar mucho por aquÃ: los sordos son como todos los demás, sólo que no pueden oÃr.
Cuando se entra en el estadio, en seguida se perciben dos cosas: los Warriors van ganando y el juego es muy ruidoso. Aunque los jugadores no pueden oÃrles y el 70% de los hinchas tampoco, cantan con las animadores, zapateando con los pies contra los asientos de metal y siguiendo el ritmo del tambor, un componente integrante no sólo del fútbol de sordos, sino de toda su cultura.
El partido se desarrolla sin problemas. El entrenador, Paul Kulick, da instrucciones por medio de signos a los defensas, que los retransmiten a los demás. Alguien en la banda golpea el bombo, que los jugadores pueden sentir y comienza el juego. A veces, la sordera se convierte en una ventaja. Como no puede comenzar ninguna jugada ofensiva hasta que Kulick da la orden con un redoble de tambor, él controla los tiempos, incluso cuando el equipo contrario tiene la pelota.
Pero también hay problemas. Cuando los Warriors juegan contra otro equipo de sordos, los oponentes interpretan las jugadas. Por eso, en estos partidos, comunica las jugadas por medio de números, y los defensas las traducen mirando una chuleta. Los equipos de oyentes pueden ser igual de perversos. Kulick dice que algunas veces contratan a intérpretes para traducir sus signos, lo que obliga al equipo a recurrir a las chuletas de la muñeca.
Dentro y fuera del campo, los jugadores piensan que la experiencia compartida de su sordera, además de vivir juntos en el colegio, les da una unión que los demás estudiantes no tienen. “Tenemos una especie de fraternidad, incluso después de terminar la temporada. Nos lo pasamos muy bien juntosâ€, dice Carter.
A medida que se acerca el fin de los estudios, tendrán que enfrentarse al mundo, lejos de la seguridad de esta fraternidad. Pero cuando bromean unos con otros, dándose palmadas en la espalda y en la cabeza en el lenguaje común de los atletas, la unión que han desarrollado es evidente. Frisco City, dicen.
Ha sido un gran partido. El mejor.
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